Marie-Antoinette: la reina que no pudo escapar a su suerte

Al calor de los primeros tiempos de la agitada Revolución Francesa, la última reina de Francia, Marie-Antoinette, tuvo algunas oportunidades para escapar a su trágico destino. Pero, entre las circunstancias, las malas decisiones y el supuesto carácter pusilánime de Louis XVI, no pudo burlar a la suerte y evitar la guillotina.

Uno de los más apasionados biógrafos de la reina fue el escritor austríaco Stefan Zweig que, en su famoso texto Marie-Antoinette, una biografía con exquisito tono de novela histórica, recorre varios pasajes de la vida de la monarca en los que incluye los episodios de sus intentos de escape.

Te invitamos a recordarlos en este emocionante viaje al pasado.

El contexto

Luego de que una poblada llegara al Palacio de Versalles el 6 de octubre de 1789, en un hecho que dejó claro que la familia real ya no estaría nunca más a salvo como antes, Louis XVI, su esposa y sus hijos se instalaron en el Palacio de las Tullerías.

Atrás quedaban las comodidades.

Atrás quedaba también la libertad. No solo estaban bajo la vigilancia de la guardia, sino, además, de la del pueblo.

Tanto que cuando intentaron salir del terreno el 19 de abril de 1791 la gente los rodeó y les cerró el paso.

Sin embargo, a Marie-Antoinette y Louis se les presentaría más de una oportunidad de escape.

El intento de Varennes

Ya la familia real había entendido su situación: estaban presos en las Tullerías y su futuro era incierto.

Pero no eran ellos los únicos preocupados por su suerte.

El conde Axel von Fersen estaba inquieto por la situación. Especialmente por la de Marie-Antoinette.

El amante de María Antonieta Axel von Fersen

Para no pocos autores, historiadores y especialistas en la historia de la reina consorte -y entre ellos el propio Zweig-, Von Fersen era el amante de la austríaca.

Incluso, Zweig llega a sugerir que la relación entre ambos era conocida y estaba consentida de alguna manera por Louis XVI.

Justamente, aquí podría estar la explicación del primer error en el primer truncado plan de fuga.

Desde hacía varios meses, al monarca le habían aconsejado huir, pero, inseguro -como siempre-, había dudado sobre hacerlo, a diferencia de otros miembros de la realeza, que sí huyeron poco después de los hechos de la Bastilla.

Ante la falta de iniciativa de su marido, Marie-Antoinette habría acudido al conde.

La idea era viajar de incógnito hasta lo que hoy es la frontera con Bélgica, que en aquel momento era territorio austríaco.

Con este norte, la noche del 20 de junio de 1791 la reina entregó a sus hijos a Fersen y volvió a su habitación.

Hizo creer a todos que se acostaría, pero en realidad se cambió de ropa y se escabulló por una de las salidas ocultas del palacio.

El rey, por su parte, debió antes que nada escapar de su ayuda de cámara para conseguir escaparse del todo. Lo que consiguió, pero que hizo perder algún tiempo que era valioso para el plan.

En un carruaje conducido por el propio Fersen -que de ser cochero no conocía mucho- consiguieron salir de París -con una demora importante, dadas las habilidades limitadas en la conducción de carruajes del conde- para dirigirse a la primera parada, Bondy.

Y es aquí donde viene el primero de los errores.

La idea de Fersen era escoltarlos durante todo el trayecto.

Pero, ¿sabía el Delfín sobre la relación entre su esposa y el noble? Si es así, ¿temía el qué dirán? O, ¿estaba celoso?

O, simplemente, ¿pensó que él los protegería mejor?

Como sea, el rey se opuso a que su mujer y sus hijos viajaran en la carroza con el conde y los hizo viajar solo con él.

Según documenta el autor austríaco, en las notas personales de Fersen que sobrevivieron aparece la frase: « Il n’a pas voulu »; esto es: «él (el rey) no quiso».


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¿Cómo no iban a levantar sospechas, por más que estuvieran vestidos como plebeyos, si viajaban juntos?

No fue el único error. En lugar de viajar de la forma menos llamativa posible, la carroza era lujosa y groseramente nueva.

Esto es lo que constataron los habitantes de Châlons, quienes también se preguntaron por qué los viajeros no se bajaban, a pesar del calor.

Dejando una estela de dudas y sospechas a partir de ahí, llegaron hasta Varennes, donde se hizo inocultable que se trataba de la familia real en pleno intento de escape.

En este escenario el duque de Choiseul ofreció asistencia a Louis XVI. En específico, caballos a disposición para que huyeran en medio de sus tropas, antes de que la Guardia Nacional les alcanzara.

Pero, una vez más, Louis dudó. Perdió tiempo de oro y la aventura fracasó.

La Fayette y las dudas no razonables

A favor de la monarquía constitucional y en desacuerdo con el camino que estaba tomando la Revolución, especialmente en manos de los jacobinos, La Fayette decidió intervenir.

Tomando en cuenta que el rey presidiría la Fiesta de la Federación, aprovecharía para ayudarle a escapar junto con su familia de París, escoltado por jinetes suizos.

Esta nueva propuesta solo necesitaba dos cosas: que el rey no dudara y que la reina confiara en el marqués.

Pero Louis XVI dudó una vez más y Marie-Antoinette no soportaba a La Fayette.

Ambos creían fervientemente que tropas prusianas restaurarían el Antiguo Régimen.

Además, la austríaca confiaba en las noticias que, vía cartas, le hacía llegar Fersen: tropas del extranjero marcharían a París y acabarían con la Revolución.

Ni lo uno ni lo otro ocurrió.

Después del fallido intento de Varennes y de que se hiciera casi imposible mantener la seguridad de la familia en las Tullerías, frente al que llegó a desfilar el pueblo exhibiendo un corazón sangrante de animal, decidido a no dejarles intentar escapar de nuevo, todos los miembros fueron traslados al Templo.

No fue todo. Se descartó por completo la posibilidad de una monarquía constitucional, en favor de la República, y la familia perdió su título. Ya no era ‘real’.

Ahora, Louis Capet era perseguido por crímenes contra la República y se lo condenaba a muerte.

A su esposa le dieron unos meses más.

Inesperados aliados

Sea porque se los corrompió -¿Fersen?- o porque de verdad querían ayudarla, dos guardias se unieron para intentar sacar a Marie-Antoinette, su cuñada y sus hijos del Templo.

La estrategia era disfrazarlos para hacerlos salir y llegar hasta Dieppe, desde donde pasarían a Inglaterra.

Pero, entre el tiempo que pasó y el cambio de guardia, surgió un nuevo problema: solo podrían ayudar a escapar a Marie-Antoinette.

Ella, claro, se negó.

La Conciergerie

Sobre el que sería el último intento de escape de la última reina de Francia no se tienen suficientes datos.

Se dice y se cree que un noble de nombre Alexandre de Rougeville habría estado decidido a rescatarla, ya que se sabía que la llevarían ante el Tribunal Revolucionario y se podía suponer que su destino no sería otro que el de la condena a muerte.

Para ese momento, Marie-Antoinette sufría física y moralmente en La Conciergerie.

Una continua pérdida de sangre -que algunos investigadores consideran obedecía a un cáncer de útero- casi le impedía mantenerse en pie.

Se relata que a partir de algún momento hasta debía cambiarse las compresas delante de su carcelero. No se le permitía la mínima privacidad.

Por otro lado, se la había separado de sus hijos.

De Rougeville habría logrado involucrar a unos guardias y hacer llegar a la prisionera un mensaje en el que le explicaba su plan de fuga.

Se cree que ella respondió el mensaje con un alfiler.

Pero, sigue este relato, uno de los guardias se arrepintió y el mensaje fue interceptado.

Esta sería la última esperanza de escapar a un trágico destino que tuvo la última reina de Francia.

El 16 de octubre de 1793, el pueblo guardó silencio.

Una Marie-Antoinette, aunque famélica, demacrada y avejentada, no perdió la compostura en su camino hacia el cadalso.

A las 12 y 15 minutos su cabeza cayó bajo la furiosa hoja de la guillotina.


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