El director francés Christophe Honoré se sumerge en los rincones del duelo, los vínculos y la búsqueda de identidad para entregarnos un luminoso coming-of-age en la película francesa « Le lycéen », que Cine Caníbal trajo a México con el título en español de ‘Invierno en París’.

Lucas tiene 17 años. Cuando una pérdida más dolorosa de lo que puede soportar lo sumerge en una vorágine de autodescubrimiento, ni su hermano, un artista que intenta ganarse la vida con su arte, ni su madre, ahora sola, consiguen calmarlo. Es invierno, hace frío y París parece ser el lugar en el que toda la furia contenida de su adolescencia desbocada puede manifestarse a plenitud. Quizás perdiéndose un poco encuentre su camino.
En esta sensible y conmovedora película francesa de drama, con mucho de melodrama, la tensión está siempre presente y se manifiesta de varias formas.
Primero está la tensión de lo inesperado, la tragedia que ello genera y cómo esta va a modificar las vidas de todos.
Especialmente la de Lucas, interpretado de una manera lúcida, orgánica y convincente por el joven actor Paul Kircher, lo que hace que resulte imposible no empatizar con el personaje, sentirlo, sufrirlo y acompañarle a lo largo de toda la película.

Su verdad como actor es tan profunda que logra opacar a dos grandes, que casi resultan poco recordables en sus apariciones: a Juliette Binoche, en el papel de la madre, y a Vincent Lacoste, en el del hermano egoísta.
Por su trabajo aquí, Kircher no solo recibió increíbles críticas, sino que ganó la Concha de Plata a la Interpretación Protagonista en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián y el premio de Mejor Actor en el CINEMANIA Film Festival. Además, estuvo nominado como Mejor Actor Revelación en los Premios Lumières y en los Premios César.
Este joven comediante transmite una angustia y unos cuestionamientos que van más allá del punto de vista -o de sufrimiento- individual para rozar, acaso la traspase por algunos momentos, la barrera de lo universal.
Honoré, que también es el guionista de este filme francés, atrapa en apenas un invierno la agonía de un chico que es también la de su generación y puede ser un poco, igual, la de la comunidad LGBTQI+.
Él no vive su identidad sexual con culpa, pero sí pasa que esta, entre su edad, su inexperiencia y la situación de drama que lo supera lo hacen más vulnerable.
En un recorrido bien redondo -oh, cuánto se agradece a veces un final no francés en una película francesa- el realizador nos permite transitar el arco de transformación de Lucas -que de él, se dio a entender ya, se trata todo esto-, desde el dolor de su pérdida hasta su reencuentro con la vida.
Por otra parte está la tensión de los vínculos familiares.
Los hermanos tienen maneras diferentes de asumir y enfrentar la vida. Mientras el más chico piensa en la madre, el más grande parece comprometido con su carrera artística, sin que el resto de su entorno le preocupe o, más bien, le ocupe.
También aparece, aunque no se llega a profundizar en ella, una especie de tensión territorial: esa eterna entre la provincia y la capital.
El chico quiere irse de su villa y París surge aquí como el centro de la posibilidad de progreso personal, de promesa aspiracional.
Pero la París que va a encontrarse no es la de las postales.
Gran tino del cineasta en esto de no mostrar la típica París idealizada.
En este sentido, nunca se nos muestran los costados típicos, clichés, de la ciudad, sino su lado de la lucha diaria de la gente común.

El hermano mayor de Lucas no puede permitirse aún vivir solo… ni en Montmarte. Vive en una zona menos trendy y con un roomie.
En este roomie se da otra de las tensiones del relato: el desatado y perdido Lucas encontrará en él la reconfirmación de su sexualidad y el primer asomo de madurez, nacido como una bofetada, la del rechazo.
En su desarrollo, la película va armando un camino bien pensado que va arrojando suficientes datos sobre el complicado y atormentado mundo interior de Lucas mientras se busca, quizás sin saberlo, a sí mismo.
Y así va hasta cerrarlo para dejarnos con la satisfacción de un logrado final de viaje que se agradece y se disfruta.


