Cinco cosas que amamos odiar de ‘Emily in Paris’

Desde su estreno en octubre de 2020, la serie de Netflix Emily in Paris levanta escamas entre parisinos, estadounidenses y críticos.

La principal razón de ello: los estereotipos y clichés sobre los dos primeros y sobre la vida, en general, en París.

Sin embargo, el programa es uno de los más vistos en la plataforma.

En nuestro caso, este seriado se ha convertido en un gran placer culposo: tenemos suficientes críticas en relación con su historia, con la propuesta como tal, pero lo reconocemos, hay muchos puntos que disfrutamos y nos enganchan.

Lo primero, la empatía con la que Lily Collins encarna un personaje que padece tanta superficialidad: en su vida, los ‘problemas’ tienen resoluciones casi mágicas; ella no profundiza nunca sobre la sociedad -ni la suya de origen, ni en la que ahora vive-, ni sobre su papel en ella; el mundo gira a su alrededor y ella se merece todo lo bueno… y punto, se supone que eso la hace una triunfadora.

¿Cómo hizo Collins para que un personaje con una descripción tan detestable sea tan simpático?

Luego, no lo negamos, también adoramos ver lo más escenográfico y típico de nuestra ciudad favorita en el mundo, desde un lugar tan despreocupado y alejado de nuestra realidad… y de la de tantos de sus habitantes reales, extranjeros o nativos. Es decir, aunque sabemos que esa no es la París profunda, la del día a día de tanta gente, alguna parte de nuestro interior se entrega a esa idea ficcional de que casi cualquiera podría vivir así allá.

Ojito, hay que advertir algo: a pesar de este componente fuerte de irrealidad, muchas veces tan grosero y obvio, que ya es marca casi oficial de este producto televisivo, el personaje de la serie de Netflix se inspiró en una persona de carne y hueso: Rebecca Leffler.

Rebecca Leffler es una periodista y escritora estadounidense con una fuerte historia de amor con y por Francia.

A inicios de los 2000 Rebecca estaba de nuevo en Nueva York, luego de haber cursado una corta temporada de estudios en la Ville Lumière. Sea lo que sea que no encontró a su vuelta en Estados Unidos, pronto decidió regresarse a París para realizar una pasantía en un medio francés especializado en profesionales del área audiovisual, Le Film Français. Una vez terminada esta pasantía… consiguió quedar seleccionada en una agencia de Marketing. ¿Les suena conocido?

Corte a:

Cuando Darren Star, el creador de Emily in Paris (y de tantos éxitos más, como Sex and The City) le presentaba a un colega productor el guión del piloto de un programa que se trataría sobre una linda y veinteañera estadounidense que llega a vivir a París, este último se dio cuenta de que el personaje se parecía en mucho a una joven periodista estadounidense que había conocido en París: ajá, esa Rebecca.

Así fue como Leffler acabó convertida en consultora artística del que sería uno de los éxitos globales de Netflix.

Según contó Rebecca al medio Paris Match en una entrevista, si bien Star y su equipo de escritores ya tenían en la cabeza a los personajes, lo que les interesaba sobre todo era superar la mirada muy californiana y conocer más que nada sus anécdotas amorosas y el funcionamiento de una agencia de publicidad en Francia. Es que, además, la agencia en la que ella trabajaba se parecía mucho a la de ‘Emily’.

Claro que no todo de su vida parisina se tomó tal cual. De hecho, según siguió contando en la misma entrevista, una vez que llegó a Los Ángeles para comenzar su asesoría, notó algunas incoherencias, como, por ejemplo, que la protagonista no hablara casi una palabra de francés.

A la par, les dio otras ideas, basadas en sus experiencias, como sus encuentros reales con su panadera con problemas de conducta, su jefa dura de tratar o su vecino… que no era otro que Gaspard Ulliel.

En particular, en esta nota la asesora se refirió a una escena en la que tomaron casi al pie de la letra una de sus anécdotas: aquella en la que las influencers de belleza se tomaban fotos salvajemente.

En general, asegura, muchos elementos que ella aportó quedaron en la producción.

Pero que quede claro: no basta con que exista un personaje real como inspiración para el de ficción. Igual, Emily in Paris está plagada de clichés.

Y son estos los que terminan convirtiendo los visionados en, como dijimos al principio, una especie de gusto culposo para nosotros.

Por eso, y una vez que terminamos de ver la recientemente estrenada tercera temporada de Emily in Paris en Netflix, queremos compartir…

Cinco cosas que amamos odiar de Emily in Paris

1. La facilidad irreal con la que Emily todo lo resuelve.

Chicos, ¡a mí!

Se hace muy chistoso que pretendan mostrar la vida amorosa de la protagonista como muy complicada. Mon dieu ! Está rodeada de chicos exageradamente guapos, solventes y buena onda que mueren de amor por ella y con los que, además, tiene encuentros sexuales ardientes y perfectos.

¿Qué se queda sin pareja? Que al tiro consigue otra.

¿Es en serio?

Sans-papiers, pero cool

Uno de los problemas más fuertes que enfrenta Francia -como otros países de Europa… o, acaso, del mundo- actualmente es el tema de la migración irregular. Cada vez las leyes migratorias se hacen más rígidas y excluyentes alrededor del planeta.

Aunque puede pensarse de entrada que los estadounidenses están completamente a salvo de ellas, no siempre es así. Y, cuando sí, cuando se tiene preferencia por ciudadanos estadounidenses a la hora de las decisiones y la celeridad sobre estos trámites, ello es un mazazo total contra quienes, siendo de otros orígenes, luchan por obtener el estatus de refugiados o de residentes con derecho al trabajo.

A los creadores y guionistas de esta serie, ¿esto les importa? ¿Estaría bueno que lo tomen en cuenta?

En la tercera temporada, en un punto Emily se queda sin permiso de trabajo… Ah, pero además de que consigue seguir trabajando y devengando honorarios, su caso se resuelve rápidamente.

2. Vestir ropa de grandes diseñadores es muy sencillo.

Segurísimo Rebecca también lo sabe: no todo el mundo en París viste diariamente -¡hasta para bajar a la panadería!- con ropa de las grandes casas de diseño parisinas. Primero, porque sería absurdo; segundo, porque manejar estos gastos no es posible para cualquier persona…

Y recordemos que Emily no es una chica de clase de alta, ni posee una gran fortuna. Por más que en esta última entrega en algún momento el guión haya tratado de cubrir el bache -cuando Madeline, su jefa estadounidense, le recuerda lo bueno que es su fee-, esto no está aclarado del todo.

Quizás esta fantasía deba mantenerse para satisfacer a la audiencia que ha mostrado tanto interés en los looks del personaje.

3. La única creativa/community/copy/cuentas (porque Emily es superdotada) que todo lo soluciona y jamás se estresa…

…y, si lo hace, lo supera con sorprendente tranquilidad.

Emily es tan increíblemente creativa, que arma exitosas campañas -ella sola- en minutos; convence, cierra y maneja cuentas y clientes hábilmente y siempre, pero siempre, está innovando… casi marcando un antes y un después en la historia de la publicidad y el marketing.

Nadie que haya pasado por una agencia de marketing o publicidad podría imaginar trabajar así: con tanta fluidez y asertividad… que a toda propuesta respondan «¡oh, sí, genial!».

No solo se trata de que Emily sea una genia absoluta, de un talento visionario y único… a esto hay que sumarle que en la agencia le perdonan todo.

¿Adónde se envía el CV para trabajar en agencias así?

4. Lo más difícil de París es completamente ajeno para Emily.

Emily no conoce ciertas zonas de la banlieue; en general, no sale de los barrios más top de París: el Quartier Latin o Montmartre, por ejemplo. Emily no toma el Metro, así que no sabe lo que es subirse en él en horas complicadas. La París de Emily no huele mal, ni está llena de caca de perros. En la ciudad de Emily no hay campamentos de migrantes irregulares o de personas en situación de calle. Emily parece un elemento más del atrezzo en la escenografía de una París ideal y, en mucho, inexistente.

Y cómo ha funcionado esto para atraer el turismo internacional.

5. Se puede vivir en París sin hablar un gramo de francés…

Emily consigue trabajar, vivir, relacionarse con su entorno aunque no hable francés. En gran parte, gracias a que los parisinos son increíblemente comprensivos ante las dificultades de Emily de aprender un francés fluido que le permita mantener una conversación larga, sostenida y coherente… Por si eso fuera poco, todos -o su mayoría- hablan perfecto el inglés y les encanta comunicarse en ese idioma.

¿Alguien de la producción intentó vivir un día normal en esta ciudad hablando a los parisinos solamente en inglés? ¡Que cuente cómo le fue!

Sí, tenemos muchas cosas más que criticar de esta serie, pero sabemos que la cuarta temporada está asegurada, así que la seguiremos viendo, porque el gusto con culpa puede ser delicioso (?)…

Y a ti, ¿qué es lo que más te gusta y lo que no de Emily in Paris?

Coucou Lola ! Pasión por Francia y la cultura francesa

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